AYOTZINAPA[1]

Jacobo Sefamí

Para Elena Poniatowska

Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras,
irisaba todo de colores, se bebía el agua de la tierra,
jugaba con el aire dándole brillo a las hojas con que jugaba el aire.

Si yo escuchaba solamente el silencio
era porque aún no estaba acostumbrado al silencio;
tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.
De voces, sí.
Y aquí, donde el aire era escaso, se oían mejor.

A centenares de metros, encima de todas las nubes,
más allá de todo.

En la destiladera las gotas caen una tras otra.
Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro.
Uno oye.

Ecos encerrados en el hueco de las paredes
o debajo de las piedras.
Sientes que te van pisando los pasos.
Oyes crujidos.

Oía de vez en cuando el sonido de las palabras.
Las palabras que había oído hasta entonces no tenían ningún sonido,
no sonaban.
Se sentían, pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños.

Como que se van las voces.
Como que se pierde su ruido.
Como que se ahogan.
Ya nadie dice nada.

 

¿No me oyes?

 

Y es que no había aire;

 

Sólo la noche entorpecida, y quieta.
No había aire.
Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca,
deteniéndolo con las manos antes de que se fuera.
Se hizo tan delgado que se filtró entre mis dedos para siempre.

¡No oigo lo que estás diciendo!
¿O no estás diciendo nada?
¿Qué es lo que dices?

Los vientos siguieron soplando todos esos días.
La lluvia se había ido; pero el viento se quedó.
De noche gemía, gemía largamente.
Pabellones de nubes pasaban en silencio por el cielo
como si caminaran rozando la tierra.

Trago saliva espumosa;
mastico terrones plagados de gusanos que se anudan en la garganta
y raspan la pared del paladar.
Mi boca se hunde,
retorciéndose en muecas,
perforada por los dientes que la taladran y devoran.
La nariz se reblandece.
La gelatina de los ojos se derrite.
Los cabellos arden en una sola llamarada.

Tengo memoria de haber visto algo así como nubes espumosas
haciendo remolino sobre mi cabeza
y luego enjuagarme con aquella espuma
y perderme en su nublazón.

Fue lo último que vi.

[1] En memoria de José Emilio Pacheco. Con frases y palabras tomadas de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

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